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Home Mujer y Trabajo Novedades Políticas de cuidado: El trabajo que no se ve

Políticas de cuidado: El trabajo que no se ve

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 Comenzaron las clases, reabrieron los teatros, la vida volvió a ponerse en funcionamiento. Sin embargo, el mes que vivimos encerrados puso en evidencia que las mujeres siguen siendo las principales cuidadoras en la casa y que el Estado no tiene respuestas para solucionar las demandas de guarderías y alternativas de apoyo a las familias para el cuidado de la infancia.

El receso escolar de invierno prolongado y la emergencia sanitaria desatada por la expansión del virus H1N1 (Gripe A), puso en evidencia que la cuestión del cuidado de niños/niñas en nuestro país está irresuelta. ¿Cuánto es el tiempo de cuidado no remunerado que hombres y mujeres dedicaron a atender a sus hijos/as durante este lapso?¿Cómo se distribuye ese tiempo en las familias?¿Qué precio le ponemos y quién lo paga? La realidad demuestra, una vez más, que las tareas de cuidado recae mayormente sobre las mujeres y que definir su impacto económico no es una prioridad de Estado.

Por un lado, se evidenció la disparidad con que las administraciones públicas y las empresas privadas adoptaron las medidas dispuestas por la resolución 182/09 de la Secretaría de Gabinete y Gestión Pública; y por otro, la falta de medidas de conciliación entre familia y trabajo, que obligaron a hombres y mujeres a resolver, como pudieran y a cualquier costo, el cuidado de sus hijos e hijas al suspenderse el ciclo lectivo escolar.

¿Qué pasó hacia adentro de las familias?¿Cómo se distribuyeron las horas de cuidado de los niños/as?¿En las empresas fueron considerados como madres o padres a cargo de niños pequeños y les otorgaron licencias especiales?¿La pareja se hizo cargo de las horas por igual, o más uno que el otro? Estas son algunas de las preguntas que les hicimos a Cecilia Leite, Leticia Belatinez , Florencia Ghiosi y Aluminé Moreno, madres con trabajos remunerados de Ciudad de Buenos Aires, para intentar medir el impacto que tuvo la crisis sanitaria en el espacio doméstico.

“Yo pude seguir trabajando, aunque menos horas, gracias a que mi madre se encargó de cuidar a la nena. Si no hubiese sido por eso, no hubiese podido”, dice Cecilia, de Caballito, mamá de Mía (2 años). Ella, que trabaja en una empresa de servicios, cuenta que igualmente tuvo que tomarse 1 día por semana de licencia, para poder desempeñar las tareas de cuidado. “Como muchas de las familias que mandan a los hijos a jardines o guarderías privadas, tuvimos que pagar el arancel del mes que no fueron, y no pudimos pagar además a otra persona”.

El testimonio de Leticia del mismo barrio y administrativa de una clínica privada es parecido: “entre mi esposo y yo nos hicimos cargo del cuidado de Santiago (2 años), pero yo tuve que trabajar menos horas que él”. Ante la repregunta de qué pasaría si la situación se hubiese prolongado más tiempo y los dos hubiesen tenido horarios inflexibles, la respuesta sonó natural: “Y… yo hubiese tenido que renunciar.”

Según nos cuenta Aluminé (madre de Nina de 3), de Almagro, las tareas de cuidado en su familia tampoco se distribuyeron equitativamente, a pesar de que su esposo estuvo más horas al cuidado de la nena que las habituales. “Tenemos una chica que nos ayuda en casa y tuvimos que extender su horario para que nos ayude ante esta emergencia.” Aunque Florencia (mamá de Alfonsina de 7), del barrio de Flores, trabaja en su casa para una editorial literaria, no sintió al principio la recarga de trabajo, reconoce que cayeron solo sobre ella las tres funciones: madre, trabajadora, y docente, al tener que estudiar las tareas que le dieron a su hija: “incluso, le dieron contenidos que ni siquiera habían revisado en clases y tuve que enseñarles yo – reprochó – es demasiado.”

Si bien Aluminé opina que todavía es pronto para evaluar si las escuelas tendrían que prever una ayuda o el Estado nacional o municipal, “sí quisiera que esta carga de cuidado no caiga sólo sobre las mujeres. Tienen que facilitar a padres y madres una reducción de horarios, licencias especiales o un subsidio para que todas las familias puedan acceder a un servicio de cuidado.” Cecilia opina lo mismo y propone: “el Estado debiera cubrir el gasto extra que generó esta emergencia y tomar medidas para otras crisis similares”.

Estos testimonios muestran que el tema del cuidado queda relegado a las familias, y sobre todo, a las mujeres de la familia (madres, hermanas, hijas, primas, sobrinas, abuelas).

De hecho, la Encuesta de Uso del Tiempo (EUT) de la Ciudad de Buenos Aires (2005) realizada como respuesta a la Ley 1168  que obliga a medir con periodicidad el uso del tiempo y a formular políticas públicas, ya visibilizaba el reparto desigual del tiempo entre géneros. “Aún cuando todas las personas son capaces de realizar tareas domésticas y de brindar cuidados, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado sigue asignándose, simbólica y efectivamente, a las mujeres” refiere la encuesta, la única hecha desde un organismo público en el país. (ver en Artemisa “Una desigualdad que no se cuenta”)

Si bien la EUT midió sólo un módulo de uso del tiempo, la investigadora independiente Claudia Giacometti valora que haya al menos un estudio de esta naturaleza. “Hay un déficit de la medición del reparto de responsabilidades y de uso del tiempo, pero lo peor es que a nadie le interesa este reparto de responsabilidades, eso incide en que hay poca demanda hacia los sistemas de información.”

“La gran contradicción en nuestro país – asevera Giacometti – es que es muy importante medir un trabajo remunerado pero hay un vacío histórico en el no remunerado. ¿Por qué no se mide? Porque gran parte del trabajo no remunerado no impacta en el mercado, pero recarga en el hogar y en la mujer.”


Tiempo de medir

Si medimos cuánto tiempo dedicaron las personas a atender la emergencia con su propio trabajo no remunerado, podemos discutir qué precio le ponemos a eso. Por ejemplo, lo que dejaron de ganar por realizar esa tarea, o bien el costo de haber contratado un servicio de cuidado, o el costo de los servicios ya adquiridos y que no se usaron (como los aranceles escolares que abonaron las familias a pesar del receso). Pero si abordamos el tema del cuidado por afuera de lo doméstico, podremos ver que es un asunto político, y que la emergencia sanitaria puso al descubierto no sólo la urgencia de que este tema sea puesto en agenda sino que la ciudadanía demande soluciones de regulación.

“Aquí hace falta una solución con dos patas: por un lado, una política pública de cuidado, que garantice la posibilidad de acceso universal a servicios de cuidado (ya sea vía provisión pública, vía provisión privada subsidiada, vía subsidio a la demanda); y por otro, la redistribución de la responsabilidad de cuidado entre varones y mujeres” explicó Corina Rodríguez Enríquez, del Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas Públicas (Ciepp). Y agregó: “Esto requiere acciones afirmativas, mejoras en las acciones de conciliación familiar a nivel micro (por ejemplo, ampliación de las licencias parentales), y políticas de transformación de patrones culturales. Qué priorizar depende de las posibilidades políticas, culturales y fiscales. En toda decisión de política pública, sin embargo, debe prevalecer la evaluación del impacto de la acción sobre el reparto
inequitativo del cuidado, y lo que más favorezca la equidad de género, debería prevalecer.”

Giacometti desafía a pensar estos temas más allá de las crisis: “La sociedad no discute el tema pero tampoco discute el tema del envejecimiento de la población, y cómo resolver esas demandas. Históricamente se trasladó al hogar las responsabilidades de cuidado, pero cuando la mujer se incorpora al mercado de trabajo esas necesidades de cuidado no fueron reformuladas y no se pensó en el bienestar de esas familias”. Y agregó: “El hecho de que las mujeres no se incorporen al mercado para realizar las tareas de cuidado, aumenta las desigualdades. Los que pueden comprar en el mercado pueden pagar por esos servicios, pero las mujeres pobres sin ingresos tienen mayor dificultad para ingresar y comprar servicios de cuidado.”

Y propone: “Si no instalamos que hay miembros de esta sociedad que necesitan cuidado no podremos avanzar hacia cambios culturales e institucionales. Si no hay políticas generales para el acceso a la seguridad social, la apertura de servicios de cuidado infantil, el abordaje y discusión de salud mental y la tercera edad, que atiendan además las necesidades mínimas del cuidado en el hogar, agua potable, electricidad, cloacas, el Estado seguirá replicando la desigualdad. Tenemos el derecho a ser cuidado, a tener igualdad de oportunidades.”

Por Marcela Espíndola | 5.8.2009 
 
Artemisa Noticias

Fuente: http://www.artemisanoticias.com.ar/site/notas.asp?id=6&idnota=6642

 
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