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Home Mujer y Trabajo Reflexiones El precio de la mano tendida

El precio de la mano tendida

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¿Cuántas horas le faltan al día de una mujer? ¿Cuánto de su tiempo es dedicado a los demás? Si ellas no lo hicieran, ¿quién más se haría cargo? ¿Cuál es el valor de ese tiempo dedicado al cuidado de los otros y las otras, a la reproducción de la fuerza de trabajo y de la cultura? La catedrática española María Ángeles Durán ha dedicado una vida a estudiar estas variables desde una perspectiva macro –pensando, sobre todo, cómo afecta a la economía de los países la existencia de este trabajo que no se suele tomar en cuenta– pero mirando en las conexiones con la vida cotidiana de las personas, su bienestar, sus expectativas.

Y mirando también en su propia experiencia y en sus limitaciones como científica, modificando las categorías aprendidas porque –dice–, “cuando las categorías que usamos para conocer el mundo excluyen a las mujeres, lo que queda sobre la mesa es la imperfección y la pereza intelectual”. Si de algo no sabe ella es de pereza, por mujer y por su tenaz manera de contar de qué modo el trabajo invisible pone a rodar el mundo.

Sin un ápice de resentimiento aunque haciendo de soslayo una recomendación a quienes eligen a los premios Nobel, la catedrática española –más justo sería decir “madrileña”, ya que es ésa su mayor pertenencia– María Angeles Durán se alegra de que hace escasos cinco años los galardonados economistas Joseph Stiglitz y Amartya Sen hayan llegado a la misma conclusión que ella hace más de 30 años: las categorías tradicionales para medir la economía –ingreso per cápita o producto bruto interno– son imperfectas si no se tiene en cuenta también el uso del tiempo y el valor del trabajo no remunerado. Valor que entregan las mujeres en mayorías espectaculares y que no sólo afecta a la calidad de vida del conjunto, sino que la sostiene igual que sostenían los elefantes al mundo en aquellas antiguas imágenes de cuando se creía que el mundo era plano. Para muestra vale decir que ese trabajo no remunerado supone en la economía de cualquier país un ahorro del gasto no menor al 35 por ciento del PBI. Esto es algo que ha estudiado y medido con las categorías más exactas de la ciencia convencional, pero llegó a ellas partiendo de su vida cotidiana: “Yo me di de bruces, sin desearlo ni esperarlo, con la economía no monetaria y el trabajo no remunerado. Fue cuando nació mi tercer hijo, al día siguiente de regresar a casa de la clínica, fue cuando el niño sufrió una diarrea muy intensa, que en el plano práctico supuso poner la lavadora a andar al menos siete veces en un día. Al día siguiente de aquella urgencia, en el fragor de la lucha con montañas de sabanitas, pañales, pijamas y batitas, fue cuando decidí que llevaría un diario en el que apuntaría todos los consumos de tiempo imprescindibles que se realizaban en mi casa para atender la vida doméstica cotidiana. Me resultaba incomprensible que en la Facultad de Económicas, donde enseñaba entonces, se diera más importancia analítica al nacimiento de ovejas y vacas que de niños y que tuviéramos mejor información periódica sobre las toneladas de carbón que se extraían que del esfuerzo y tiempo que era necesario aplicar para mantener en condiciones de funcionamiento normal de la vida dentro de los hogares”. Esa anécdota fácilmente reconocible y para nada inocente fue la luz que alumbró buena parte de esta investigadora, doctora en Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid –además de haber pasado por las universidades de Michigan, Cambridge, Río de Janeiro, Washington y Florencia– y fundadora del Instituto de Estudios de la Mujer de la Universidad Autónoma de Madrid, además de haber presidido la Federación Española de Sociología, entre otros muchos títulos doctorales y premios varios entre los que se cuenta el Premio Nacional de Investigación para Ciencias Económicas, Sociales y Jurídicas de España, otorgado en 2002.

Acostumbrada a partir desde el obstáculo, Durán, que no podía registrar ninguna discriminación o inequidad relacionada con su condición de mujer, llegó a los estudios de mujeres desde descubrimientos que le hablaban en primera persona y que antes que develarle inequidades le mostraban arrugas, defectos, errores insalvables para una científica:

–Es curioso, yo no había tenido ninguna experiencia personal directa de discriminación por ser mujer, era de una familia de seis hermanos.

Yo era la mayor, no eran revolucionarios ni muchísimo menos, era una burguesía acomodada pero que respetaba mis deseos de saber, mis deseos de libertad –cuenta sentada frente al mar en el Hotel Hermitage un día gris del último septiembre, a donde llegó invitada por el gobierno de la provincia para el Foro Internacional sobre los Derechos de las Mujeres–. Yo llegué al feminismo por la vía intelectual, cuando tuve que presentar las oposiciones a cátedra. Era durísimo en España conseguir una cátedra, exigía escribir un libro que se llamaba “memorias sobre el concepto, el método y la fuentes” de la materia que fuese. Yo no había estudiado nunca concepto de la ciencia, filosofía de la ciencia, método de la ciencia, y eso que llevaba años siendo profesora de la universidad. Me tuve que encerrar bastante, saqué la cátedra en el ‘81, pongamos que tenía cerca de cuarenta y dos niños pequeños por esa época. Pero ya había hecho la tesis doctoral sobre el trabajo de las mujeres y ya había hecho muchos trabajos en temas de mujeres. Sin embargo, el cambio importante lo di con ese trabajo obligado, porque nunca había considerado la debilidad de la ciencia, la que normalmente consideramos ciencia debido a la ausencia de las mujeres con capacidad creadora que dejaran su impronta en la construcción de categorías, y eso me llevó a ver mi propio campo, en el que yo trataba de conseguir una cátedra...

¿A qué categorías se refiere?

–Cuando damos un modo de ver el mundo por tan establecido nos parece natural y no nos damos cuenta de que es construido. Entonces lo esencial para ver el mundo es tener categorías para verlo, porque lo vemos a través de conceptos. Y haciendo la oposición fue como si me desplomara, porque vi las categorías en su proceso de cómo habían sido construidas desde la ausencia de las mujeres y en muchos casos en contra de las mujeres. Fue un punto de inflexión...

¿Y es ahí donde aparece la palabra feminismo en su vida?

–No, no la usaba porque no la necesitaba. Yo soy científica e investigadora y lo que me rebelaba era tal imperfección de esta ciencia con la que creemos entender el mundo, es tan injusto, tan deleznable, que iba más allá del feminismo, era una búsqueda de perfección intelectual. Por supuesto que a esto lo acompaña el dolor de las mujeres, el deseo de libertad y etc. Pero lo que yo sentía era un insulto al pensamiento, todo mi entorno me parecía ya intelectualmente débil y muy sesgado, y sentí la necesidad de mejorar mi aspiración intelectual. Es también un problema de ambición, a qué negarlo, no podemos entender al mundo de este modo, con estas categorías. Y eso me ha llevado a la medicina, al urbanismo, al arte, a cualquier campo. Y en su momento, como éramos tan pocas –y ni hablar de los pocos– que teníamos esas pretensiones, pues en todas partes éramos pioneras. Ahora yo no, afortunadamente, ahora han surgido líneas de investigación que nos han rebasado por todas partes.

¿Fue su ambición entonces lo que la llevó a fundar el Instituto de Estudios de Mujeres?

–Ese es exactamente el lugar en el que cuajó por primera vez en la universidad española este deseo de superación intelectual y de ampliar el mundo. Y ahí tratábamos todos los campos, desde la biología a las matemáticas. Y por supuesto surgió un deseo de internacionalización inmediato, empezábamos a vivir un clima de libertad para todo, de repente no te llamaban loca y en cambio se ponía la oreja para ver qué estabas diciendo.

¿Podría dar un ejemplo de esas categorías de las que habla?

–Por ejemplo, la periodización de la historia. El Renacimiento, sin ir más lejos, empezó para los hombres en un siglo y para las mujeres tuvo lugar en el siglo XX. Eso me obligó a cambiar los criterios de qué es un periodo histórico. Para mí, otro ejemplo es el lenguaje, para mí fue un descubrimiento. Yo siempre había tenido por cierto lo que me decían, que es una capacidad verbal grande; me interesaba la literatura, la gramática, daba conferencias... Y cuando escribí el libro este de la preparación de las oposiciones a cátedra, por primera veraz fui consciente de que el lenguaje era una presión, que la gramática era constrictiva y que, si quería hablar el lenguaje de los científicos, tenía que hacer travestismo. Porque en nuestro lenguaje los impersonales y los plurales son masculinos, entonces si yo hablaba como María Angeles Durán, conjugaba en femenino, en el momento en que hablaba como el sujeto pensante que construye la ciencia –que es lo que tenía que hacer con la memoria– inmediatamente me tenía que convertir en un sujeto que por ahí no era completamente masculino pero estaba más cerca de eso y más lejos de mí; y me sentía herida, transformada, obligada a ocultarme y dentro de un lenguaje que hasta entonces para mí había sido prístino. Como era posible que yo haya vivido en esta semi prisión sintiéndome a gusto, es que no me daba cuenta de que vivía en una pecera.

¿Eso modificó sus relaciones familiares, interpersonales?

–No tanto, porque yo ya las tenía establecidas, ya tenía hijos, marido, hermanos, pero sí modifica mucho el terreno de la amistad, creo que en muchos casos lo afecta cuando las mujeres son conscientes de unas carencias... O bien porque se da cuenta de que su pareja no valía lo que ella creía o bien porque la pareja no quiere que la mujer gane en su afirmación y empiece a expresar lo suyo. En mi caso, mi pareja lo resistió y los hijos los llevás hasta que te mueres, así que da igual, son pocas las que renuncian a los hijos. Creo que le afectó más a mi marido que a mí, yo estaba construyendo mi espacio y en la medida en que él me acompañe, siempre habrá fricciones pero no rupturas. En cambio, en el terreno de la amistad fue muy importante, pero fue muy bonito porque me abrió una vía casi explosiva de la amistad, de compromiso, de sentirse reconocida, querida, ha sido una maravilla, un regalo...

¿En estos años han logrado influenciar sobre las políticas públicas desde el Instituto?

–Siempre hemos sido, y lo hemos tenido clarísimo, conexión con la sociedad, sí, pero lo nuestro es la investigación y la vida universitaria. Lo que sí ha sucedido es que mujeres que han estado ahí después sí han pasado a ocupar puestos en políticas públicas. Y todas como ciudadanas sí lo hemos hecho como militantes comprometidas.

Y también como testigos de los cambios impresionantes que han tenido lugar en las últimas décadas...

–¡Claro! Ha sido tanto lo que ha cambiado en España de no tener nada a ser ejemplo en tantas cosas. Y sin embargo hay otras que resisten.

Resistencias duras como el empleo del tiempo que se dedica a los demás, por ejemplo.

–Sí, por supuesto. Ese ha sido mi gran trabajo, claro que desde una perspectiva macro, aunque me interesa la conexión entre la vida corriente de la gente y los recursos que puede manejar, y uno de esos es el tiempo, más todavía que el dinero, sobre todo para las mujeres que tienen menos dinero pero ponen muchísimo tiempo al servicio de la comunidad. Y me interesa también la conexión entre las políticas públicas y los supuestos, las categorías de las que hablábamos antes.

Ahí es donde las variables de tiempo y dinero se cruzan.

–Es que en muchos casos esas políticas públicas no tienen en cuenta para nada el derroche que se hace del consumo del tiempo de las mujeres. Por ejemplo, una política sanitaria que esté midiendo si se ahorra o gasta más en dinero y no tiene en cuenta si ahorra o gasta más en el tiempo de quienes tienen que cuidar a los enfermos es un desastre, porque lo que hace es desplazar la carga hacia las mujeres. Me interesa entonces la perspectiva macro conectada con las políticas económicas. Además, en el caso europeo, con el envejecimiento de la población –no tanto en América latina pero va camino a eso– nosotros estamos pagando un 52 por ciento de máximo sobre el impuesto a la renta, pero si no fuera por el trabajo no remunerado de las mujeres tendríamos que estar pagando un 70 por ciento. La diferencia de la carga impositiva es el tiempo que se les extrae a las mujeres sin ningún tipo de compensación.

¿Y quién cuida a las mujeres?

–Otras mujeres. Y ahí entra la internacionalización del cuidado. España, como todos los países desarrollados, importa trabajo de afuera en buena parte para el cuidado. En sus países de origen esas mujeres dejan lagunas, ganan recursos monetarios pero pierden recursos de tiempo de cuidado. Son las cadenas internacionales, dejan a sus niños con tías, abuelas, etc.

¿Cuando hablamos de cuidado hablamos de niñxs pequeñas, personas enfermas y adultxs mayores?

–No, todo tipo de cuidados, porque los jóvenes y adultos también consumen. Yo uso, por ejemplo, la categoría de los exentos o liberados, que son los que reciben paga, por ejemplo, para poder dedicarse a sus tareas sindicales. La mayor parte de los varones son exentos estructuralmente de ocuparse del cuidado.

¿Contabilizar el tiempo del cuidado habla de que habría que remunerar ese trabajo?

–No exactamente. Esto es para tener en cuenta para cualquier política pública, desde transporte hasta educación. Es una enorme cantidad de recursos a tener en cuenta. Si una observa las curvas salud, expectativa de vida y vulnerabilidad notamos que los hombres se caen más pronto de la vida y las mujeres viven más, la resistimos más pero con muchos más años de vulnerabilidad. Quién cuida y qué opciones haces respecto de estas curvas: lo ideal sería mantener a todos pegaditos a la línea de la vida durante el mayor tiempo posible, pero eso es carísimo, entonces tenés que pensar en quién se va a ocupar de los cuidados de los que están en esa zona gris por delante de los muertos, los semi (se ríe). Y si se decide que lo paga el Estado quiere decir que lo pagarán los que están en la franja más saludable con sus impuestos, de unos marginales 52 por ciento al 70 por ciento.

Pero además las mujeres tienen el problema mucho más agudo, porque antes estaban en casa y entonces si tenías que cuidar al nene y además cuidabas al abuelo, ya estabas cansada con el niño, y sólo estarás más cansada todavía. Pero ahora las mujeres están en el mercado de trabajo. Y qué piensan hacer los estados, ¿sacarlas del empleo y condenarlas a la pobreza a mediano plazo o tendrán que elegir ellas o llamar a otras mujeres? O sostienen la triple jornada, porque el cuidado no las exime de nada más.


¿Cuál sería la triple jornada?

–El trabajo, la vida cultural y el cuidado.

¿Y cuáles son las perspectivas de reparto de los cuidados?

–Yo he calculado en un libro, El trabajo no remunerado en la economía global (que se puede descargar completo de Google) lo que llamamos la proporción unidades de trabajo de cuidado. Pongamos que se trata de una fábrica virtual que produce cuidados. Hemos calculado, de aquí al año 2050, cuántas unidades de cuidado debe producir un país. Imagínate que tienes que producir un millón de unidades y luego tienes que decidir cómo las distribuyes, quién las produce. Eso es línea básica política, porque pongamos que tú dices: el cuidado lo producen las mujeres entre 15 y 80 años. Bueno, vale, quedan los exentos que están fuera, que son las mujeres de menos y de más y todos los hombres. Y dices: no, no me gusta. Vamos a suponer que el Estado asume un cincuenta por ciento, cómo sacas el dinero de este 50 por ciento, quién lo pone. Y luego te preguntas: y el 50 por ciento restante, lo siguen poniendo las mujeres de tal edad y vuelves a tener un problema de inequidad. Lo vas acotando y dices que quieres que los hombres al menos asuman el 10 por ciento de las unidades de cuidado. Bueno, pues eso representa campañas publicitarias, campañas legislativas, etc.

¿Hay ejemplos de países donde estas campañas y este reparto se ponen en práctica?

–¿Sabes lo que pasa en países escandinavos?, me he muerto de risa. Hace poco en un tribunal de tesis estaba una investigadora que contaba que en Noruega ya es regla que las vacaciones por paternidad de los hombres –que tienen que tomarlas obligatoriamente– se concentran de una manera estadísticamente compatible en los meses de pesca, es decir, se toman las licencias cuando no les queda más remedio pero las usan para irse a pescar.

De todos modos tienen que hacerse cargo de los niños, ¿o no?

–Sí, pero entre los salmones y los niños, y tal vez alguna abuela, consiguen un aliciente. Hombre, vale, que algo ayuda, pero ni siquiera allí parece que consigues algo de los hombres.

Suena escéptica.

–No, no, es imprescindible hacer esto. Pero digo que incluso en los países con indicadores más igualitarios, cuando los trabajas con más rigor, suelen esconder enormes dosis de desigualdad. Y es urgente verlo, porque de aquí al año 2050 tenemos que aumentar el 50 por ciento las unidades de cuidado. Si antes se decía que ahora producíamos un millón de unidades de cuidado, de aquí al ‘50 tenemos que producir millón y medio debido al envejecimiento.

¿Cómo se mide la carga de cuidado?

–Dividiendo el indicador de lo que se necesita por la población de 15 a 65 y lo propusimos así porque son los datos de Naciones Unidas que tenemos para todo el mundo, y para poder comparar... La carga de cuidado per cápita es la producción de cuidado dividida por la cantidad de hombres y mujeres entre 15 y 65. Luego entras en indicadores más perfectos, con correctores según el modo en que, cuidan, puedes decir, por ejemplo: bueno los hombres cuidan un 70 por ciento menos. Aun así tienes que pensar qué políticas implementar...

En el caso de los hombres también es llamativo que incluso huyen de los trabajos de cuidado remunerados, como es la educación o la enfermería, por ejemplo.

–Bueno, en enfermería tienen bastante protagonismo en España. Pero no es casual, se le cambió el nombre por asistente técnico sanitario y mejoró la inscripción de la matrícula; es muy gracioso. En cambio, en informática, se llamaba antes “ingenieros en Informática” y le cambiaron el nombre por el de “licenciatura en Informática” y mejoró la representación de las mujeres, ¿qué te parece?

Que siguen claras aquellas categorías de las que usted hablaba al principio...

–Hemos estado en los grupos de mujeres en la preparatoria de Beijing y en Túnez, y ya en 1995 Naciones Unidas sacó una recomendación que firmaron todos los países de que había que cambiar el marco de análisis macroeconómico, añadiendo cuentas satélites del trabajo no remunerado. Casi todo el trabajo no remunerado es de mujeres y Argentina no lo ha hecho porque no tiene estadísticas nacionales de trabajo no remunerado, es el único trabajo importante que le falta por hacer. Brasil las tiene, México las tiene. En 2008 salió un trabajo muy importante de dos premios Nobel, Stiglitz y Sen, llamado Comisión Sarkozy porque él las financió, donde han dicho lo que yo vengo diciendo y trabajando desde hace cuarenta años casi y es que el marco de análisis macroeconómico con las rentas per cápita y producto bruto Interno, induce a unas malas interpretaciones y errores en las políticas públicas tremendas, y que hay que hacer encuestas de uso de tiempo. Porque como nuestras categorías económicas convencionales son de dinero, lo que no tiene precio parece que no existiera y no tiene sentido, porque buena parte del bienestar de un país y su pobreza tiene que ver con otras variables además del dinero. Así que ahora dos premios Nobel han dado el espaldarazo a esta idea, quiere decir que tendrían que mirar un poco hacia las mujeres que venimos trabajando arduo y negándonos a la utilización de estas categorías convencionales, pero bueno, la innovación tiene un precio y en algunas materias no siempre es el del reconocimiento.

¿En Europa se ha asumido con más facilidad por parte del Estado el cuidado de los niños que de los adultos mayores?

–Europa es muy diversa; en Suecia, se hace cargo en gran parte de los niños y los mayores; en Alemania, en gran parte de los mayores porque piensa que no son responsabilidad de los hijos, pero no de los niños. En España tenemos menos cobertura que ambos, pero en cambio tenemos nuestra propia red social que es la red de abuelos, que es un pilar fundamental para que las mujeres accedan al mercado de trabajo. La red de servicios públicos y privados existe y puede ser mejor que en algunos países de Latinoamérica, pero nuestro verdadero capital son los abuelos.

¿Y qué pasa con usted como abuela o cerca de la línea de cuidado?

–A mí me causa gracia porque el día en que me jubilé, hace dos años, me hicieron una entrevista larga y muy bonita y la frase que sacaron era que, según las estadísticas, me quedan 20 años de vida, y no veía razón para interrumpir administrativamente y a golpe de corneta todos los proyectos y todos los sueños que tenía.


Aun así la jubilaron porque había cumplido 70 y ya no puede seguir cobrando el sueldo.

–Sí, y en cambio no se consideran otros derechos. Yo creo que es derecho humano, por ejemplo, el derecho a despedirse. Yo he pasado por un cáncer y he visto morir a muchos amigos y creo que para el momento de la despedida somos bárbaros, absolutamente bárbaros, porque lo tenemos depositado en el azar, y la naturaleza puede ser el peor enemigo. Por eso quisiera que en mi país y en todas partes se respetaran los derechos de salida, de modo que sea el sujeto quien dirija su vida y no un comité del hospital; y que cada sujeto sepa cuándo y cómo quiere despedirse y que lo pueda hacer con dignidad, con libertad, con las mismas cualidades humanas que cultivó, disfrutó y luchó por ellas toda la vida. Si luchamos por el derecho al voto, cómo no vamos a luchar por el derecho a despedirnos cuando creemos que ha llegado nuestro momento y ser libres cuando llegue ese momento. Eso es una categoría y ves distinto el final de la vida. Yo no tengo herramientas legales ahora para hacerlo, no las tengo y creo que es una frontera que me falta pelear...

Vuelvo a preguntarle, ¿cómo ve su expectativa ahora que se acerca a esa franja de la población que puede necesitar cuidados?

–Tengo nietos y es muy bonito tener nietos, no me imaginaba que era tan bonito. Esa sensación de continuidad, que la vida está ahí al lado y la ves tan de cerquita. Me produce también inquietud. Y no es raro, porque en las encuestas europeas las mujeres expresan mucha más inquietud que los hombres respecto de los últimos años, porque como digo en broma en las conferencias, los hombres españoles mueren guapos, ricos y felices. Guapos porque no se estropearon, no les dio tiempo; ellos se caen de la línea de la vida sin demasiado tiempo peleando. Después se mueren ricos porque no regalaron nada, y como no regalaron nada el Estado les devuelve por lo que invirtieron, que es su propia vida laboral y sus ahorros; las mujeres lo regalaron casi todo, se lo robaron, y entonces les queda poco y llegan viejas pobres y con la espalda doblada... Y mueren felices porque se las apañaron para tener una compañera que les cuidó y les mimó y les brindó la infraestructura para hacer lo que querían cuando tenían 20, 30 o 40, 50. Y cuando aquello no funcionó lo rompieron o lo abandonaron y buscaron nueva compañía, tienen garantizado, estadísticamente hablando, en España diez y en Argentina ocho seguro, ocho años de diferencia respecto de las mujeres en buena compañía. Bueno, está bien, pagan el precio porque se mueren... Pero las mujeres llegan enfermas y sobre todo solas a esa época, que es cuando más necesitas una mano que te esté ayudando.

Y entonces ¿qué va a hacer usted?

–Pues no sé, cuidar bien de mi marido para que me dure (se ríe). Cuando estuve muy malita con el cáncer me cuidó. El no había cocinado nunca y como yo vomitaba tanto empezó a entrar en la cocina a cocinar. Ese cáncer me impidió ir a Beijing en el ‘95, ya estoy bien, pero es complicado. En mi último libro le dedico mucho al coste de la vejez. Si tomas una buena pensión española de mil euros, pues no pagas una semana de cuidados. A nueve euros la hora, ¿te imaginas?

¿Qué eco encuentra en los Estados sobre esta variable económica del trabajo no remunerado?

–En España, en época electoral, más. Para prometer mucho. Lo importante es que cada vez está más visualizado por las mujeres. Porque es nuestro trabajo, y las mujeres como yo, que nos jubilamos y seguimos trabajando gratis porque creemos que es una militancia de un valor social importante que no podemos abandonar, nos sentimos en la responsabilidad de predicar donde vamos.

Por Marta Dillon

1/11/2013

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-8417-2013-11-04.html

 
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