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Home Mujer y Cultura Novedades LAS EDADES DE LA CULTURA, Cincuenta años de cercanía

LAS EDADES DE LA CULTURA, Cincuenta años de cercanía

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 La pintora Ana Mari Marín, de 77 años, y la creadora audiovisual Ana Marchante, de 27, mantienen un encuentro en casa de la primera para hablar sobre los artistas, la creación y la importancia de los géneros antes y ahora
LLUEVE a mares, camino de Elizondo, y Ana Marchante Hueso (Pamplona, 1984), que ha vuelto de Barcelona por unos días, reconstruye mentalmente ese mismo viaje que hizo dos décadas atrás. Era una niña y preguntó a su madre si no había artistas que fuesen mujeres. Su madre la llevó directamente a casa de Ana Mari Marín Gutiérrez (Elizondo, 1933).

La Marín de ahora no pasa por una buena racha. No ha empezado bien el año. En pocos días ha perdido a su hermana mayor y ha sufrido un accidente de coche, el primero en sus 57 años con carné de conducir. Tiene los tobillos rotos, de modo que se ha instalado en la planta baja del caserón de Vergarenea. Apenas puede moverse, pero allí tiene a mano todo lo que necesita: la tele, donde unas tenistas disputan sin voz el torneo de Dubai, sus recortes, cuadros, fotos y un silbato, con el que llamar a rebato a su hermana María José si lo necesitara.

Marchante no oculta sus ganas de volver a conocer a Marín. Estrictamente, no se dedican a lo mismo. Ana Mari sigue pintando. "Tengo la cabeza llena de pintura", confiesa, mientras Ana, que empezó con el dibujo y la pintura, está fascinada por lo audiovisual y la creación sonora. Dos días más tarde de este encuentro, de hecho, Marchante subiría en una gala del Centro Huarte a recoger su premio de los Encuentros de Jóvenes Artistas en la categoría de creación audiovisual.Tenía pensado hacerlo con su cámara en mano, grabar al público y luego subirlo en Facebook, pero finalmente se plegó al guión.

Marín, que guarda todo, muestra pronto a Marchante uno de sus primeros dibujos. "¡Qué trazo tan suelto!", exclama asombrada la joven. Era de los años 50.

-En aquel tiempo, con 21 años, dedicarse a esto era una locura - cuenta Ana Mari Marín.

-Había NO-DOs que hablaban de los artistas y que los tenían casi como lunáticos - observa su joven interlocutora.

-Era un poco así, sí. A mí no me importaba nada.

Cuando la abuela de Marín le pagó la pensión en Madrid, y le puso en contacto con Menchu Ugal, y expuso en el Círculo de Bellas Artes, Marín se asustó un poco, pero aun así asegura que fue un poco "locuela".

-Yo creo que aún se nos tiene un poco por locos -dice Ana Marchante-. Hay diferencias, ahora salimos ganando, hay facultad, salas de exposiciones, centros culturales... pero todavía tenemos un poco ese cliché.

-¿Tú crees que Van Gogh era loco? - le pregunta Marín.

-¡Noooo! Ni yo tampoco. Pero el problema no es que yo lo sea, sino cómo nos ven los demás -dice Marchante.

-Pues tú no tienes aspecto de loca, ¿eh? -observa Marín.

-Ahora no, pero cuando me pongo el bigote, que es mi seña de identidad...

Los demás. La identidad. El bigote. La confusión. El género. Genderhacker (su alter ego). La conversación se acerca al trabajo de Ana Marchante.

Esta artista y profesora de la Universidad de Barcelona se ha propuesto ni más ni menos que romper el binarismo de género: "Estudiando un poco me he dado cuenta que no sólo hay hombres y mujeres, hay más". Trabaja sobre la construcción social del género, más allá de cómo nace alguien. Por eso,una de las cosas que hace últimamente es ponerse un bigote, ir a un espacio público y confundir. Allí hace fotos , performances, cosas así. También tiene un espectáculo de Drag King, en contraposición a las Drag Queen, con el que trata de mostrar que "la masculinidad es una máscara, un disfraz".

Ana Mari Marín, que no sabe qué es una Drag Queen, la escucha con mucho interés.

-¿Por qué lo haces? ¿Qué crees, que tenemos que ganar un espacio? - le pregunta.

-Es una cuestión, para mí, de creer que puedo hacer lo que quiera más allá de con qué sexo he nacido.

Provocación

"Lo que está pensando nosotros no podíamos ni imaginarnos", dice Marín, quien, junto a su madre, fue de las primeras en vestir pantalones en el valle de Baztán, según se recoge en el libro que le dedicó el editor Martín de Retana. En una época en la que en el colegio, por ejemplo, les hacían bañarse con camisón. Marín confiesa ahora que, en realidad, usaba pantalones porque disimulaban un poco su obesidad. Pero los llevaba. Y fue la primera en más cosas. La primera mujer en entrar al ayuntamiento para evitar los edificios de 7 y 8 alturas en Elizondo, la impulsora con unos pocos más del Baztandarren Biltzarra, del Museo Etnográfico o de la Coral de Elizondo.

Marín busca continuamente los cuadros, recortes, los libros que corroboran lo que cuenta. Y ofrece repetidas veces una cervecita o unos chocolates -"uuuuy, qué de ratoncitos hay en este frigorífico", bromea cuando los trae su hermana-. Marchante pide una cerveza, sólo por recordar que se tomó una cerveza con Ana Mari Marín, como un truco para que ese instante transcienda de su duración real. Las tenistas, en la tele, como si no estuvieran.

"Todo lo que puedas hacer me interesa", le manifiesta a su joven colega. Marchante acepta que a veces es provocadora. Se siente cómoda con la transgresión, con el arte entendido como algo que cambia la mirada del espectador. "A ti te pudo pasar con los primeros cuadros, con la manera de pintar, la pincelada más gruesa... cualquiera en su tiempo transgrede lo que le corresponde", dice.

"La pintura que yo hago no sé si vale algo, pero sí sé seguro que es de verdad. Y si algo es de verdad, ya, vale", dice Marín.

Marchante inventó un personaje cibernético, Genderhacker, en un intento de desaparecer como autora. También buscó una serie de personajes que tenía en su armario y les hizo un DNI a cada uno. "Cambiar de DNI es muy difícil para la gente que quiere cambiar de sexo, yo les invitaba a que hiciesen el carné de identidad que ellos querían", explica. Todos esos personajes, obviamente, son ella.

-¿Y por qué buscas esto?, le espeta Marín.

-Siempre tuve la sensación de que era dos, más que una solamente.

Una de las primeras cosas que hizo esta artista audiovisual fue trabajar con el archivo de su infancia, y se dio cuenta que en las fotos familiares en las que salía había como dos historias, una masculina y otra femenina. Entonces decidió no ser uno, ni otro, sino los dos a la vez. En ello sigue.

"Esta conversación la teníamos que haber tenido hace mucho tiempo para que mi mente te entienda", apunta entre risas una sorprendida Marín, que le habla de Oteiza, de la plaza nueva que han hecho en Elizondo y le "horroriza", o del "cacharro" que tiene ahí (un ordenador para conectarse a Internet), esperando a que le pongan el router. Marchante trae a colación la película de Alien, al filósofo Slavoj Zizek, la fotógrafa Diane Arbus, y le pone en un portátil la pieza con la que ha ganado los Encuentros, Transformers, un compendio de las imágenes censuradas en la historia del cine por su ambigüedad sexual, y en la que aparecen desde Marlene Dietrich hasta Bugs Bunny.

En el coche, de vuelta, sigue lloviendo. Marchante se lleva el número de teléfono -quedan en volver a verse-, el libro que nunca salió a la venta sobre Ana Mari Marín y una agradable sensación. "Nos separan cincuenta años, pero estamos muy cerca", declara.


ION STEGMEIER . ELIZONDO  27 de febrero de 2011 

 
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